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lunes, 15 de abril de 2013

VIVO O MUERTO





            Uno, aficionado como es a las películas del Oeste, no entendía de pequeño, bien,  aquél letrero que solía aparecer en ellas, junto a la puerta de la oficina del sheriff del pueblo y venía a decir, más o menos: “WANTED” y, poco más abajo, “Dead or alive”, hasta que, un día, alguien más ilustrado explicó: “eso quiere decir, se busca vivo o muerto”.
            A partir de ahí ya se sabía adónde dirigir la mirada para localizar al, posible, malo de la película que, por lo general, era un tipo de mala catadura y que cualquiera podía distinguir como tal “malo”, incluso mirándolo desde lejos. Luego, si se indagaba en la vida real del actor, la desilusión era descomunal, porque resulta que era un tipo estupendo, que hacía campaña a favor de esta o aquélla organización humanitaria y, con éste “currículo” ¿cómo iba  a ser igual la emoción en pleno duelo o en la persecución de la diligencia? .No había color.
            Con el tiempo uno aprende a apreciar otras cosas y se va decantando también hacia distintas aficiones, más o menos esporádicas, en función de alguna situación, hecho o circunstancia determinada. Debo reconocer que mi afición por las películas del Oeste sigue incólume, aunque para poder satisfacerla no me queda más remedio que volver a las de blanco y negro, únicas en las que he sentido la verdadera emoción de una persecución con flechas, tiros y demás parafernalia.
            Sin embargo, mi faceta más conocida por los  amigos es la de aficionado a escribir, a lo que dedico buena parte de mi tiempo, porque supone una distracción importante, me incita a  leer y conocer nuevas palabras y definiciones y me ha permitido compartir momentos muy gratos con otras personas atraídas por el mismo tema, de las que he podido aprender mucho.
            En ocasiones, más que nada por satisfacer ése gusanillo interior que te produce la afición, he hecho algún pinito en concursos literarios (sin éxito, hay que decirlo) y suelo conectar por internet con portales especializados en publicar sus bases. La mayor parte de las veces me limito a leer los requisitos y después de mucho pensarlo, me digo: “mejor, dedícate a otra cosa” pero, erre que erre, sigo escribiendo.
            El otro día ojeando una de estas páginas especializadas me llamó la atención el nombre del certamen y , nada más empezar a leer, me sentí un tanto extrañado, porque si difícil es competir en algo con quien está vivo, no digamos cuando el adversario es centenario o está criando malvas desde no se sabe cuándo.  Y es que, en su inicio, se exponía (sic): “Podrán optar a este concurso todos los escritores, cualquiera que sea su nacionalidad o procedencia, nacidos durante los siglos XIX, XX o XXI, estén vivos o muertos y que no tengan publicada ninguna otra novela con anterioridad”.
            Alguno exclamará:”¡No es para tanto!”. Bueno, todo es cuestión de puntos de vista, pero debo confesar que me produce cierto desasosiego eso de “vivos o muertos” porque, aunque aficionado a la ciencia ficción, no me veo imaginando a un coetáneo de mi bisabuelo enviando por correo certificado una obra suya, mientras el funcionario intenta explicarle que lo que se lleva ahora es el euro y, por tanto, no puede aceptar ésas extrañas monedas que parecen sacadas del arcón del trastero.
            Así, que no sé qué hacer. Porque, para más inri, como diría un amigo mío, la obra puede ser de ciencia ficción. ¿Tenía Julio Verne alguna novela pendiente para sacarse de la manga y sorprendernos con una de sus maravillosas recreaciones literarias sobre algún invento desconocido hasta ahora? .
            Podría recurrir a un conocido que, cada vez que llega tarde a casa le cuenta unas batallas a su esposa absolutamente inverosímiles pero que, ella, candorosamente, se cree de pe a pa. También podría utilizar como argumento la situación económica actual, en la cual un político cuenta las verdaderas causas de la crisis. Pero no, una cosa es la ciencia ficción y otra burlarse de los sufridos lectores.

martes, 5 de febrero de 2013

“BOLLITORI”







Por si algún escéptico ponía en duda esa osadía que me había lanzado a competir con los más reputados cocineros mundiales, y sin ánimo de convencer (mucho menos el de invitar a comer) , adjunto reportaje gráfico secuencial.

lunes, 4 de febrero de 2013

DIARIO DE UNA AUSENCIA




ÚLTIMO DÍA.-Espero que este sea el último día de este diario porque como la ausencia, si todo va como esperamos, finaliza hoy, no tiene objeto su continuidad, al menos bajo este epígrafe.
Cuando llegue mi viajera esposa se encontrará con todo limpio y ordenado. He aprendido sobre la marcha varias cuestiones hogareñas, que me reafirman en que el único sexo débil es el hombre. Bueno, hoy una macro-lavadora pondrá fin a la última(también) colada de esta ausencia, que espero quede lista para después de la comida, como así sucede.
Después del aseo y desayuno dedico un rato a estudiar inglés pues, aunque no aspiro a ser jefe de ningún gobierno no viene mal, aunque sea sólo por darme el gusto de entender los titulares de los periódicos y el menú del restaurante cuando viaje por algún país no hispano-parlante.
Hago la compra y luego me voy a dar una vuelta por “la ruta del colesterol”, una avenida cercana que permite hacer caminatas sin obstáculos durante un buen rato, aunque prefiero las de larga distancia, como suelo hacer en verano.
Alrededor de las dos de mediodía regreso a casa y preparo la comida. Mientras como digiero como puedo las declaraciones de “tú más” que se prodigan nuestros estimados políticos. Que me han inspirado unas viñetas.
Actualizo correo y blog. Me llama mi viajera preferida Para comunicarme que, hacia las ocho y media de la tarde llega su tren.
Voy a la estación y me encuentro con nuestras amigas P y L. Más tarde llega un hijo de MJ, que viene a recogerla.
El tren es puntual. Nos besamos y abrazamos, dedicando unos minutos a cambio de impresiones sobre el viaje. Nos retiramos tal como se dice “cada mochuelo a su olivo” y ceno sólo porque los viajeros han comido un bocadillo en el tren.
Ha sido grato redactar este diario que hoy a llegado a su fin. Continuaré con el blog intentando que no me afecten demasiado las genialidades de estos políticos de los que no es justo decir que “tenemos los que nos merecemos” porque nadie es tan malo como para desearle este mérito.
Hasta la próxima.




sábado, 31 de diciembre de 2011

ADIOS A LAS ARMAS


                Me pareció increíble lo que veía. Los soldados se despojaban de su armamento y equipos. Unos, mañosos ellos, con el chasis de un cañón autopropulsado y el armazón de varios morteros construían un arado, al que habían adosado fusiles apuntando al suelo con la bayoneta calada, para labrar la tierra .

            Otros, aprovechaban los carros de combate para transformarlos en tractores con los que mover los arados.

            Todos estaban alegres y parecían competir en un concurso de ideas, en un afán por sacar el mejor partido reconvirtiendo las armas de guerra en instrumentos de paz y desarrollo.

            Los cascos eran utilizados como cubos para transportar el grano para la siembra y, en una sombra creada con el toldo de un gran camión, varios cascos con agua eran ocasionales bebederos para las bandadas de avecillas que habían surgido de no se sabía donde, apenas se apagó el eco del último disparo.

            Enormes conos labrados en la tierra por las violentas explosiones de las bombas, acogían ahora, amorosamente, las raíces de cientos de arbolillos que en día no muy lejano permitirían recuperar el antiguo bosque que no consiguió sobrevivir al embate de las máquinas de guerra y los incendios que se originaron en la contienda.

Un enorme montón de casquillos de balas de cañon de grueso calibre acostados en el suelo inspiraron la construcción de  un camino sobre el que deslizar hasta un barranco próximo todo el material bélico que no podía ser reutilizado.

Los cañones fueron desmontados y, liberados de culata y percutor, habían sido unidos para formar una canalización que recogía el agua extraída del río cercano por una noria toscamente construída con las aspas de varios helicópteros a las que se habían acoplado, a modo de cazoletas, mochilas vacías.

Nadie daba órdenes, aunque se podía distinguir claramente entre los soldados a oficiales de distintas graduaciones. Todos estaban empeñados en un mismo trabajo: reconstruir, crear riqueza.

Los nativos apenas salían de su asombro ante la actividad del ejército invasor y, algunos, con artísticos cuencos de barro que habían sobrevivido milagrosamente a todas las batallas, se mezclaban con los soldados llevándoles agua para calmar la sed y pequeños frutos.

En una zona próxima, varios niños jugaban sobre un trozo de carretera asfaltada que se conservaba intacto, haciendo rodar minas antipersona a las que se había suprimido su mortífera carga.

Nada de lo que aparecía ante mis ojos tenía que ver con lo ocurrido apenas unas horas antes, cuando el fragor de la batalla y el humo de explosiones y disparos apenas permitían distinguir quien era el enemigo. Ahora, desde el aire se podía ver claramente lo que antes había sido el frente de batalla, ocupado – en ambos lados – por vehículos y cañones con los mismo emblemas , por soldados vestidos idénticamente,  que ahora se saludaban preguntándose cómo era posible que hubiesen disparado contra si mismos sin advertirlo.

No había cadáveres, no había heridos y, milagrosamente, los pozos de petróleo que habían sido el origen de toda la contienda permanecían en píe, sin haber vertido ni una sola gota que contaminara el suelo.

De pronto, una luz inesperada hirió  mis ojos. Cuando pude habituarme a ella, la pantalla del televisor mostraba la clásica “ nieve “ de cuando no hay emisión y el reloj marcaba las 3 de la madrugada. En la puerta mi esposa, con la mano todavía sobre el interruptor de la luz, me preguntaba : ¿ es que no piensas acostarte todavía ?